Había viajado a China por trabajo, como picaletras especializado en tecnología, y buena parte de mi agenda estaba relacionada con empresas que quería conocer de cerca. Era mi segunda vez en el país, pero sí la primera que lo hacía solo. Mi intención era entrar en contacto con el ecosistema tecnológico de la ciudad, visitar compañías, conocer cómo se fabrican algunos productos que después vemos en Europa y, sobre todo, intentar entender qué está ocurriendo en una ciudad que se ha convertido en uno de los grandes centros tecnológicos del mundo.
Ahora bien, después de varios días allí, empecé a pensar que aquel viaje profesional también me estaba enseñando algo sobre turismo. Y no es porque Shenzhen tenga una especie de parque temático tecnológico esperando al visitante. No, no lo tiene. Tampoco porque todo lo que hice durante esos días pueda convertirse automáticamente en una actividad turística. De hecho, algunas de las experiencias que viví fueron posibles precisamente por mi trabajo y por las relaciones profesionales que ya mantenía con determinadas compañías.
Precisamente porque no viajé a Shenzhen buscando una experiencia turística convencional, pude darme cuenta de algo que me parece interesante para quienes trabajan en marketing turístico: un destino puede resultar atractivo por aquello que es, no únicamente por aquello que decide convertir oficialmente en una atracción turística. Y ha sido China, o más exactamente Shenzhen, la que me ha hecho pensarlo así.
Índice de Contenidos
- 1. La primera sorpresa llegó dentro de un coche sin conductor
- 2. Después llegó Huaqiangbei
- 3. Una ciudad también puede enseñar cómo se fabrican las cosas
- 4. Aquí aparece una idea que me parece interesante para el turismo
- 5. El turista no tiene por qué buscar siempre lo mismo
- 6. Y aquí creo que España tiene mucho terreno por indagar
- 7. Hay algo que China hace especialmente evidente
- 8. También hay una lección para quienes comunican destinos
- 9. Después de China, creo que ampliaría la definición de destino turístico
La primera sorpresa llegó dentro de un coche sin conductor
Antes de salir de España ya tenía claro que quería probar un robotaxi. Había leído bastante sobre ellos y ya había experimentado sistemas de conducción semiautónoma en Alemania. Sin embargo, lo que quería comprobar era qué se siente cuando desaparece por completo el conductor y el coche circula por una ciudad real sin que nadie tenga que poner las manos en el volante. Lo conseguí con Apollo Go, el servicio de robotaxis de Baidu.
El coche llegó, se detuvo junto a la acera y abrió las puertas. Yo entré, miré hacia el asiento del conductor y, efectivamente, no había nadie. Lo que me llamó la atención no fue que el coche condujera solo, sino comprobar que aquella escena no parecía extraordinaria para buena parte de la ciudad. En Shenzhen, los robotaxis ya forman parte del paisaje urbano, y esa normalidad es posiblemente lo más difícil de explicar a alguien que viene de España. Lo que para mí era una experiencia, para muchas de las personas que estaban allí era el transporte diario. Esa diferencia me parece importante.
Desde el punto de vista del turismo, hay tecnologías que, sin haber sido diseñadas para turistas, terminan formando parte de la experiencia que un visitante recuerda de un destino. En mi caso, probar aquel coche se convirtió en uno de los momentos más memorables del viaje. No porque hubiera una oficina de turismo diciéndome que tenía que hacerlo, sino porque la ciudad me permitió vivir algo que todavía resulta excepcional en otros lugares. Creo que eso también es una forma de construir identidad.

Después llegó Huaqiangbei
Si el robotaxi me enseñó cómo una tecnología puede integrarse en la vida cotidiana de una ciudad, Huaqiangbei me mostró otra cosa. Llegué al distrito una tarde de julio y la primera sensación fue bastante menos tecnológica de lo que podría imaginar alguien que solo ha visto fotografías de Shenzhen.
Hacía muchísimo calor con una humedad brutal y las calles estaban abarrotadas de gente. El aire acondicionado de los edificios se agradecía desde el primer momento, pero, al cabo de unos minutos, empecé a entender dónde estaba. Huaqiangbei no es una tienda de electrónica gigantesca, tampoco es exactamente un mercado. Es algo mucho más difícil de explicar.
Hay edificios completos dedicados a diferentes categorías de productos. Componentes, móviles, accesorios, pequeños dispositivos, herramientas, gadgets de todo tipo. Miles de pequeños negocios ocupan plantas y pasillos en los que se mezclan fabricantes, distribuidores, compradores y curiosos. Para alguien que lleva años escribiendo sobre tecnología, resulta complicado no quedarse mirando. Y ten presente que vas a ser captado para ir a tiendas secretas, yo visité una de replicas de relojes en una planta 34. Lo que pasó dentro lo dejo para otro contenido.

Pero hay algo todavía más interesante desde el punto de vista turístico. Huaqiangbei no fue creado para convertirse en una atracción turística y, sin embargo, puede resultar una experiencia extraordinaria para determinados viajeros.
No hay una gran entrada con un cartel que diga que estás ante uno de los lugares más importantes del mundo para entender la electrónica de consumo, simplemente estás allí. Y cuanto más caminas, más entiendes que ese lugar cuenta una parte esencial de la historia tecnológica de Shenzhen. Esa es, precisamente, una de las cuestiones que más me interesaron durante el viaje.
¿Cuántos lugares de nuestras ciudades podrían resultar fascinantes para determinadas personas aunque nunca los hayamos considerado como recursos turísticos? No hablo de obligar a quien visita Madrid a entrar en una fábrica porque sí. Tampoco de llenar las ciudades de experiencias artificiales para turistas. Hablo de algo bastante más sencillo, mirar el propio territorio con otros ojos y preguntarnos qué lo hace diferente.
Una ciudad también puede enseñar cómo se fabrican las cosas
Durante mi estancia tuve la oportunidad de visitar las instalaciones de GEEKOM y UGREEN. Aquí hay hacer una precisión, porque creo que es importante para entender bien la reflexión, no son visitas turísticas abiertas al público.
Pude acceder a ambas compañías gracias a mi relación profesional con ellas y porque había solicitado expresamente conocer sus instalaciones. En el caso de UGREEN, por ejemplo, pasé una jornada completa entre sus oficinas de Shenzhen y una planta industrial en Dongguan, acompañado por su equipo de relaciones públicas. En GEEKOM hice algo parecido, recorrí primero sus oficinas y después la fábrica donde se producen sus Mini PC.

Por tanto, no tendría sentido escribir que cualquier turista puede llegar a Shenzhen, reservar estas visitas y hacer exactamente lo mismo. Pero tampoco creo que debamos pasar por alto lo que significa tener delante ese tipo de industria.
Llevamos años analizando productos fabricados en China sin pensar demasiado en el lugar donde se fabricaban. Para el consumidor, la historia suele empezar cuando abre una caja en su casa. En Shenzhen y sus alrededores pude ver precisamente lo contrario.

Vi oficinas donde se diseñan y prueban productos, laboratorios, prototipos y procesos de fabricación. Pude seguir de cerca cómo una idea acaba convirtiéndose en un dispositivo que después termina en una tienda en otro rincón del mundo.
No hace falta convertir una fábrica en un parque de atracciones para que tenga valor como experiencia. De hecho, quizá el interés está precisamente en lo contrario: en poder acceder, cuando sea posible, a una parte de la realidad que normalmente permanece escondida.

Aquí aparece una idea que me parece interesante para el turismo
Estamos acostumbrados a pensar que una experiencia turística tiene que haber sido creada expresamente para el visitante. Un museo se diseña para recibir visitantes, se conserva y se señaliza para que pueda visitarse. Una ruta turística se organiza para conducir al viajero por determinados lugares. Sin embargo, cada vez veo más valor en otra clase de experiencia: la que permite al visitante entrar en contacto con algo que existe independientemente del turismo.
Un robotaxi no necesita que haya turistas para circular. Huaqiangbei no necesita visitantes extranjeros para funcionar. Una empresa tecnológica no tiene como objetivo principal enseñar su fábrica a los viajeros.
Y, aun así, todas esas cosas pueden ayudar a explicar qué hace diferente a una ciudad. Eso me parece especialmente importante para el marketing de destinos, porque significa que quizá no siempre hay que inventar nuevas experiencias. En ocasiones basta con identificar las que ya existen y entender para quién pueden resultar relevantes.
El turista no tiene por qué buscar siempre lo mismo
Otra de las conclusiones que me llevé de China tiene que ver con esto, no todos los viajeros quieren la misma experiencia. Hay quien busca patrimonio; otros prefieren naturaleza, gastronomía, playas, deporte o cultura. Y también hay quien quiere entender cómo funciona el mundo que le rodea.
Para un aficionado a la tecnología, caminar por Huaqiangbei puede tener el mismo interés que para un amante del arte tiene recorrer una galería. Para un profesional de la innovación, entrar en contacto con el ecosistema empresarial de una ciudad puede ser mucho más interesante que visitar un monumento.
Por eso creo que el turismo tecnológico no debería entenderse necesariamente como una nueva categoría cerrada. Más bien puede ser una manera de segmentar mejor la experiencia de un destino. Shenzhen no necesita convertirse en una ciudad temática para atraer al viajero interesado en tecnología: le basta con ser como ya es.
Cuando un destino consigue que aquello que le hace singular forme parte natural de la experiencia del visitante, el marketing deja de consistir únicamente en explicar lo que hay que ver y empieza a contar por qué merece la pena estar allí.

Y aquí creo que España tiene mucho terreno por indagar
No creo que la conclusión de mi viaje sea que España tenga que copiar lo que hace China. Tampoco creo que todas las ciudades españolas tengan que buscar una startup, una fábrica o un robot para convertirlo en un atractivo turístico, no tendría ningún sentido. Sin embargo, creo que sí deberíamos hacernos más preguntas.
¿Qué empresas están cambiando realmente una ciudad? ¿Qué sectores forman parte de su identidad? ¿Qué procesos industriales o tecnológicos podrían interesar a determinados viajeros? ¿Qué espacios permiten entender cómo ha evolucionado un territorio? ¿Qué proyectos están construyendo su futuro?
En algunos lugares ya existen iniciativas de este tipo, pero muchas veces las contamos de forma separada del turismo. Una ciudad puede tener un ecosistema tecnológico importante y promocionarse únicamente por su gastronomía. Puede contar con una industria innovadora y seguir vendiendo solo patrimonio histórico. Puede albergar centros de investigación, universidades o empresas punteras y no aprovechar ese conocimiento como parte de su relato. Quizá no sea necesario cambiar la oferta turística: puede que sea suficiente con ampliar la historia que contamos sobre el destino.
Hay algo que China hace especialmente evidente
La tecnología puede convertirse en parte de la identidad de un lugar cuando no se limita a existir dentro de sus empresas, también tiene que estar presente en la calle. Y eso es lo que ocurre en Shenzhen.
La experiencia que tuve allí no dependió de visitar una sala de exposiciones dedicada al futuro. Ese futuro estaba fuera, en el coche autónomo que me llevó por la ciudad, en las cámaras de videovigilancia presentes en cada esquina, en los productos que encontraba en las tiendas o en la velocidad con la que todo parecía estar conectado. La tecnología, por tanto, no era un tema dentro del viaje, sino que era parte de él. Resulta mucho más difícil crear una identidad turística artificial que aprovechar una identidad que ya existe.

También hay una lección para quienes comunican destinos
Hay algo que me ha quedado muye claro después de volver, los destinos suelen esforzarse mucho en explicar al visitante qué tiene que ver. Quizá deberíamos pensar también en qué puede experimentar. Ver una ciudad y vivir una ciudad no son exactamente lo mismo. En mi caso, probablemente recordaré durante mucho tiempo haberme sentado en un coche sin conductor. También recordaré el calor de Huaqiangbei, los pasillos llenos de pequeños negocios y la sensación de estar caminando por uno de los grandes centros de la electrónica mundial.
Y recordaré, por supuesto, haber visto cómo se fabrican productos que después utilizamos en Europa. Ninguna de esas experiencias encaja demasiado bien en una lista tradicional de «lugares imprescindibles». Sin embargo, forman parte de mi recuerdo del destino.Eso es precisamente lo que busca cualquier estrategia de marketing turístico: que el viajero tenga algo que recordar y, sobre todo, algo que contar cuando vuelva a casa.
Después de China, creo que ampliaría la definición de destino turístico
Cuando llegué a Shenzhen sabía lo que quería hacer, pero el viaje me hizo comprobar que un destino puede tener muchas capas. Algunas son evidentes y otras aparecen cuando cambia el perfil del viajero. Para una persona, Shenzhen puede ser una enorme ciudad asiática; para otra, un destino gastronómico o un centro empresarial. Y para alguien como yo, puede convertirse en una ventana al futuro tecnológico. Todas esas interpretaciones pueden convivir.

Después de volver de China, tengo la sensación de que el turismo del futuro no va a consistir únicamente en visitar aquello que explica nuestro pasado. También puede significar acercarnos a los lugares donde se está construyendo el futuro. Y quizá el trabajo del marketing turístico no sea inventar esa historia, sino aprender a reconocerla cuando ya está delante de nosotros.
